La Presa

por Aquileo J. Echeverria

*Publicado en Un periódico en 1889. Incluido posteriormente en la edición póstuma de Crónicas y cuentos míos, 1934.

A mi excelente amigo Juan J. Gutiérrez

Allí, donde hoy está el lavadero público, esa útilísima obra debida al celo caritativo del filantrópico Presbítero Umaña, era hace pocos años el centro de reunión de los alegres y bulliciosos muchachos de San José.

Llamábamosla “La Presa” porque en efecto hay una construida para elevar las aguas al nivel del terreno en que está colocada una maquinaría de aserrar maderas.

En “La Presa” hemos aprendido a nadar todos los muchachos de San José, allí, sin maestros, sin más reglas que las que nos iba ofreciendo la experiencia, hacíamos día por día grandes progresos en el difícil arte de la natación; a tal extremo, que de entre nosotros llegaron a salir muchos habilísimos nadadores, capaces de dárselas con el inglés mis ducho en la materia.

“La Presa” era nuestro baño favorito, por ser “Torres” el río más cercano a San José y por ofrecer muchas comodidades, pues hay en sus riberas piedras donde uno puede desvestirse y colocar la ropa.

Cuando un muchacho lograba escaparse de la escuela, a buen seguro que iba a parar a “La Presa”; aquel era el recurtidero, el corral de los vagos.

En la orilla opuesta a la que nos desvestíamos tenía un viejecito un cercado que cuidaba como a la niña de sus ojos, y en el que crecían lozanamente varios guayabos, naranjos, anonas y mangos que eran nuestra constante tentación.

Hombre de pocas pulgas era el dueño y nosotros le temíamos más que al pecado, atreviéndonos a entrar en sus propiedades únicamente cuando nos reuníamos en número considerable. Uno de los muchachos hacía de Jefe, y nos designaba a los que debían quedar de centinelas, listos para darla voz de alarma apenas se divisaba el enemigo, y los demás se repartían en dos grupos; los más ágiles trepaban a los palos, y los otros recogían las frutas que aquellos arrojaban.

Una vez verificado el robo nos sentábamos a la orilla del río a fin de repartimos el botín: por supuesto que no había equidad, tocando siempre a los más pequeños y débiles la peor parte.

Era de ver después a los muchachos atravesando el río, algunos hasta con tres guayabas en la boca, y una pareja de mangos verdes en las manos. ¡Cuánto costaban aquellas frutas! ¡Mas qué sabrosas eran!

No faltaba algún precavido que llevara sal y con esto la fiesta era más completa. Pero no siempre la empresa nos salía bien; y no pocas veces tuvimos que regresar más que de prisa, perseguidos por el viejecito, que con su machete largo desenvainado parecía la estatua de la justicia. Entonces era el gritar desaforado, el correr de aquí para allí, el saltar zanjas y el atropellarse los unos a los otros. El que caía se levantaba como Dios le daba a entender, pues nadie se ocupaba de los demás: lo primero era salvar el propio pellejo. Y ahora que digo pellejo, recuerdo que una vez dejé una buena parte del mío en las asperezas de un portillo; y a no haber mediado esta circunstancia, lo habría tenido que dejar a manos del viejo, pues ya iba a darme alcance cuando se me presentó aquel hueco salvador.

A la obra del portillo puso mi madre digno remate. Al acostarme reparó en la herida que sobre mi hombro llevaba; vino enseguida el examen consiguiente y luego el interrogatorio de ley. Excusado es decir que esa noche dormí más caliente de lo que deseaba.

Apuesto a que ninguno de mis compañeros se ha olvidado del bizcocho. Dábamos este nombre a ciertos nudos hechos en la ropa, particularmente en las mangas de la camisa o en la piernas de los calzoncillos y que servían para entretener a las víctimas largo rato. Los había secos y mojados; estos últimos eran peores que el célebre Gordiano.

Cuántas veces al irme a vestir, tiritando de frío, encontraba en mi ropa alguna media docena de los consabidos nudos, e impaciente porque se aproximaba ya la hora de llegar a mi casa, trabajaba por desatarlos con uñas, dientes y pies, mientras que el sudor de la congoja inundaba mi frente e iba a confundirse con las gotas de agua que aún salpicaban mi cuerpo.

Había otra clase de juegos más graciosos y de un carácter tal que no me es posible describirlos, conformándome con decir que los llamaban embarramientos.

Y qué diremos de las batallas navales; de aquel ardor bélico con que defendían y atacaban el castillo, aquella piedra memorable donde aprendimos las primeras lecciones del arte de la guerra donde nuestros juveniles corazones se iniciaron con el salvaje placer de los combates.

¿Y quién ha olvidado los célebres zapatazos, el juego del coco, el barrizal de la margen izquierda donde nos emporcábamos retozando en sus tibias aguas, el irgarto, y en fin, todo ese conjunto de juegos mitad grotescos, mitad curiosos, divertidos y en todo caso, inocentes y sencillos como eran nuestros corazones?

Hace pocos días fui a “La Presa” y me entristecí recordando aquellos tiempos felices. Nada ha variado: el “Cascajo”, el “Cascajillo”, el “Castillo”; todo está en su puesto. Las lavanderas que hoy, al compás de su constante charla, friegan la ropa en las cómodas pilas del lavadero, veían admiradas a un hombre que, con la cara triste y muy apesadumbrado, andaba como buscando algo entre aquellas piedras.

En efecto, buscaba algo; algo que es mucho: la felicidad de aquellos deliciosos días que ya no volverán: y a no haberme contenido la presencia de las mujeres, tal vez habría llorado sobre aquellas piedras, mudas testigos de mi alegría, que parecían reconocerme y preguntarme por sus antiguos visitantes.

Triste, muy triste me retiré de aquel paraje de donde se han borrado ya las huellas de aquella chusma de diablillos y en donde no resonarán más sus alegres algarabías y argentinas carcajadas.

“La Presa”, será siempre para nosotros el relicario donde guardaremos muchos de los dulces recuerdos de nuestra niñez.


There, where today is the public washing place, that extremely useful work due to the charitable zeal of philanthropic Presbyter Umaña, was a few years ago the meeting place of the happy and noisy boys from San Jose.

We called it “The Dam” because in fact there is a construct that raises the water to the level of the land on which stands a wood sawing machine.

In “The Dam” all the boys of San Jose have learned to swim. There, without teachers, without more rules that we would offer the experience, day by day we made great progress in the difficult art of swimming, to such an extent between us came out many extremely skilled swimmers, able to boast with eloquent English on the subject.

“The Dam” was our favorite bathroom, being “Torres” the river closer to San José and offers much comfort, as there are rocks on its banks where you can undress and put the clothes.

When a boy managed to escape from school, he surely would be going to stop by “The Dam”, that was the hideout, the yard of the bums.

On the opposite bank to which we undressed was an old man, a fence who looked after the apple of his eye, and the luxuriantly growing number of guava, orange, custard apple and mango were our constant temptation.

A bad-tempered man was the owner and we feared more than sin, we would dare to enter his property only when we gathered in considerable numbers. One of the boys acted as Chief, and we designated the sentries that they should be ready to give alarm as soon as they make out the enemy, and others were divided into two groups, the most nimble climbed the masts, and other than those collected fruits thrown.

Once verified the theft we sat on the bank of the river to give out the loot: of course there was no equity, playing always the smallest and weakest of the stick.

It was to see after the boys across the river, some up to three guavas in their mouths, and a couple of green mangoes in their hands. How much that fruit cost! But all the tastier!

Not missing a cautious than take salt and thus the party was complete. But the company, we always went well, and often more than we had to return hurriedly, pursued by the old man, whose long unsheathed machete seemed the statue of justice. Then it was screaming wildly, running here and there, jumping ditches and trampling each other. The falling rose as God gave him to understand, since no one was concerned with the other: the first thing was to save his own skin. And now that I hide, I remember that once I left a good part of mine in the roughness of a gate, and it not been for that circumstance, I would have had to leave the old hands, it was going to catch me when I presented that hole savior.

A gate was the work of my mother decent shot. When she saw the wound bed that was on my shoulder, came immediately after their examination, and examination of law. It goes without saying that that night I slept warmer than I wanted.

I bet none of my colleagues have forgotten the cake. We gave this name to some knots on clothing, particularly in the sleeves or pants legs and served to entertain long-time victims. He had dry and wet, the latter were worse than the famous Gordian.

Many times to go to dress, shivering with cold, was in my clothes at the usual half dozen knots and impatient because he approached and when I got home, worked for unleashed nails, teeth and feet, while the sweat of anguish filled my face and was confused with the drops of water splashed my body yet.

There was another kind of funny game and a character that I can not describe, saying that complying with smears.

And what shall we say of the naval battles, of military ardor in defending and attacking the castle, the stone memorable first lessons we learned the art of war where our young hearts began with the savage pleasure of fighting.

Who has forgotten the famous Zapatazos, the game of coconut, the mud on the left bank where we emporcábamos frolicking in warm water, irgarto, and finally, this series of grotesque half games, half curious, funny and any case, innocent and simple as were our hearts?

Few days ago I went to “The Dam” and I was sad remembering those happy times. Nothing has changed, the “gravel”, the “Cascajillo”, the “Castle”, everything is in place. The washers that today, in time with his constant talk, scrub the comfortable clothes in piles of laundry, saw a man admired, his face sad and very sorry, he was like looking for something between those stones.

In fact, looking for something, something that is much: happiness of those delicious days will not return: no longer content having the presence of women, he might have cried over those stones, mute witnesses to my joy, that seemed to recognize and ask for their old visitors.

Sad, very sad I left that place from which the traces have been erased because of that mob of imps and where no more resound their joyful excitement and Argentine guffaws.

“The Dam” will be provided for us the shrine where we store many of the sweet memories of our childhood.

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